Los cantos del Ordinario pertenecen a los textos estables de la Misa y aparecen habitualmente en sus celebraciones. La Iglesia los recibe, custodia y nos los entrega como don, para que podamos rezar juntos con una sola voz.
Los cantos del Ordinario de la Misa son aquellos textos que pertenecen a la estructura estable de la celebración y aparecen habitualmente en las celebraciones eucarísticas. Por eso se los llama “ordinario”: porque no dependen solo de una fiesta, de un tiempo litúrgico o de una circunstancia particular, sino que forman parte de los textos propios de la Misa. Entre ellos están el Señor, ten piedad, el Gloria, el Santo, la aclamación del pueblo después de la consagración, el Amén y el Cordero de Dios. No son simplemente cantos “para la Misa”, sino textos de la Misa que pueden ser cantados.
Por eso, al elegir una musicalización del Ordinario, es necesario cuidar que el texto conserve la forma litúrgica propia. La música puede ser sencilla o más elaborada, antigua o nueva, pero no debe sustituir la oración de la Iglesia por una paráfrasis libre. El Señor, ten piedad es una aclamación con la que los fieles imploran la misericordia del Señor (IGMR 52); el Gloria es un himno con el que la Iglesia glorifica y suplica a Dios (IGMR 53); el Santo une la voz de la asamblea a la alabanza de toda la Iglesia (IGMR 79b); y el Cordero de Dios acompaña la fracción del pan (IGMR 83).
Esto exige revisar con especial atención las versiones incompletas o demasiado libres. Un “Gloria”, un “Santo” o un “Cordero de Dios” pueden ser conocidos y queridos por una comunidad, pero si omiten partes importantes, cambian el sentido del texto o reemplazan las fórmulas litúrgicas por otras expresiones, no deberían usarse como cantos del Ordinario.
Cantar el Ordinario es una forma de entrar en la oración común de la Iglesia. Estos cantos no pertenecen solo al coro ni a un grupo particular: son aclamaciones y oraciones de toda la asamblea. Por eso, la melodía debe ayudar a que el pueblo pueda participar y no quedar simplemente como oyente.
Criterios prácticos
Verificar que el texto coincida con el Misal Romano.
No reemplazar el Gloria, el Santo o el Cordero de Dios por paráfrasis libres.
Evitar versiones incompletas o que cambien el sentido del texto litúrgico.
Elegir melodías que favorezcan la participación de la asamblea.
Distinguir entre un canto religioso “sobre” un tema litúrgico y el texto propio del rito.
Cuidar que el coro no sustituya la voz del pueblo en las aclamaciones comunes.
A la hora de elegir un canto del Ordinario de la Misa, podemos preguntarnos:
¿Este canto conserva las palabras que la Iglesia nos entrega para rezar juntos?
¿La melodía ayuda a que toda la asamblea pueda cantar o responder?