El coro forma parte de la asamblea y ejerce un ministerio litúrgico: pone sus dones al servicio de la oración común, cuida la comunión y ayuda a que todo el pueblo cante y participe mejor.
El coro no está fuera de la asamblea ni canta como un grupo separado de la comunidad. Aunque tenga una ubicación propia y una función específica, forma parte de la asamblea celebrante. Su servicio consiste en cuidar la ejecución de los cantos que le corresponden y favorecer la participación activa de los fieles en el canto (IGMR 103).
Este ministerio nace de una relación viva con Dios. Los integrantes del coro ponen al servicio de la comunidad los dones que han recibido: la voz, el oído musical, la capacidad de animar el canto, la sensibilidad artística y el tiempo ofrecido para ensayar y preparar la celebración. Por eso, el canto litúrgico no puede separarse de la vida de oración, la escucha de la Palabra y la frecuencia de los sacramentos.
El coro debe custodiar con responsabilidad los aspectos técnicos del canto: la afinación, el ritmo, el volumen, la elección del repertorio, el uso de los instrumentos y la preparación de cada celebración. Pero, si debe custodiar lo técnico, mucho más debe custodiar su corazón, para que el canto sea verdaderamente servicio y no búsqueda de protagonismo.
Quien canta en la liturgia está llamado a sentir con la Iglesia, amar su comunidad y gestar vínculos de comunión. Por eso, el coro debe evitar divisiones, rivalidades o actitudes que hieran la unidad del grupo y de la comunidad. La belleza del canto litúrgico no se reduce a la calidad musical: también se expresa en la humildad, la comunión y el espíritu de servicio.
Por su naturaleza, el coro necesita cultivar siempre una formación integral: formación litúrgica, para comprender el sentido de la celebración y elegir bien los cantos; formación musical, para servir con calidad, sobriedad y belleza; y formación espiritual, para que el canto brote de una vida de fe y oración.
Criterios prácticos
Recordar que el coro forma parte de la asamblea celebrante.
Elegir cantos que ayuden a la participación del pueblo.
Preparar bien los cantos, cuidando afinación, ritmo, volumen e instrumentos.
Cultivar la formación litúrgica, musical y espiritual.
Cuidar la vida de oración y la frecuencia de los sacramentos.
Evitar protagonismos, divisiones o actitudes que hieran la comunión.
Coordinar el servicio con el sacerdote, el salmista y el equipo litúrgico.
A la hora de cantar en la liturgia, como coro podemos preguntarnos:
¿Nuestro modo de cantar ayuda a que la asamblea rece y participe mejor?
¿Estamos cuidando tanto la calidad del canto como la comunión y el corazón con que servimos?