El canto de comunión acompaña la procesión hacia la mesa eucarística y expresa la unión de la Iglesia con Cristo y de los hermanos entre sí.
El canto de comunión comienza mientras el sacerdote comulga y acompaña la procesión de los fieles que se acercan a recibir el Cuerpo de Cristo. Su finalidad es expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar la alegría del corazón y hacer más fraterna la procesión de comunión (IGMR 86).
Por eso, no es simplemente una música de fondo ni un canto elegido solo porque sea tranquilo o emotivo. La comunión es un encuentro personal con Cristo, pero nunca aislado del cuerpo eclesial: al recibir el mismo Pan, la Iglesia manifiesta su unidad con el Señor y la comunión de los hermanos entre sí.
El texto del canto debería expresar este misterio. Puede tener un contenido eucarístico, cristológico, bíblico o eclesial, pero siempre debe ayudar a comprender y vivir lo que está sucediendo en ese momento de la celebración. No basta que el canto hable de Dios de modo general: conviene que acompañe verdaderamente el gesto litúrgico de acercarse a la mesa del Señor.
También es importante distinguir entre el canto de comunión y un canto posterior de acción de gracias. El canto de comunión acompaña la procesión; después, si se considera oportuno, puede haber silencio o un canto más meditativo que ayude a prolongar la oración.
Criterios prácticos
Elegir cantos con contenido eucarístico, cristológico, bíblico o eclesial.
Cuidar que el canto exprese la comunión con Cristo y con la Iglesia.
Favorecer que la asamblea pueda cantar, al menos en el estribillo.
Evitar elegir un canto solo porque sea tranquilo o emotivo.
Acompañar adecuadamente la procesión de comunión.
Distinguir entre canto de comunión y canto de acción de gracias.
A la hora de elegir un canto para la comunión, podemos preguntarnos:
¿Este canto expresa la comunión con Cristo y con los hermanos?
¿Acompaña verdaderamente la procesión de quienes se acercan a recibir el Cuerpo del Señor?